Ella es Laura

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A pesar de lo difícil que se había vuelto respirar, ella estaba convencida de que su única salida era escribirlo todo. Sin obviar ni un mínimo detalle. La falta de una coma o de un punto cambiaría el sentido de la historia.

Y ella necesitaba decirlo todo, tal cual lo sentía, sin escrúpulos. No obstante, no lo escribía para pedir auxilio a nadie, había días en los que incluso ella estaba convencida de que Dios había fallecido y que la humanidad se había quedado sola, a su libre albedrío, sin una recompensa o un castigo por parte de los cielos.

No había miedo a morir, porque ya había experimentado la muerte estando viva, la muerte que verdaderamente duele: esa que va pasando mientras respiras.

Ella bebía un sorbo de café y permanecía en silencio varios minutos con los dedos en el teclado. Lo más difícil siempre era empezar a escribir, pero una vez que lograba escribir las primeras dos líneas, ya lo demás salía de su alma directo hacia afuera, sin ser pensado. Escribía como dejándose llevar, escribía como quien tiene días sin beber agua y encuentra un pozo en el desierto, escribía con desespero y fascinación.

Cuando ella contaba sus historias, sin darse cuenta y sin planificarlo, le salían versos. Era como cantar en silencio y rimar cada palabra sin desacierto.

Ella generalmente odiaba las mañanas porque despertar y abrir los ojos le producía ansiedad, pero amaba las noches, sobre todo esos momentos en los que el silencio ocupaba tanto espacio que producía un ruido ensordecedor en su habitación. Esos momentos eran perfectos para escribir porque la inspiración sencilla de los edificios en la calle y la gente durmiendo desbordaba su mente. Las estrellas le hacían recordar que para brillar sólo se necesita luz propia, aunque estés rodeado de la mayor oscuridad. Y ella a veces se sentía estrella, otras veces sólo se sentía estrellada.

¿Por qué existir era tan fácil para unos, y tan difícil para otros? El Dios que a veces en su corazón le hablaba y que otras veces había muerto, había creado el mundo demasiado desigual y ella no lo entendía.

Incluso le había escrito un par de cartas a Dios, cartas que parecían haberse quedado para siempre sin respuesta. Aunque ella no perdía la esperanza de que algún día él las leyera y contestara. Ciertamente la esperanza se había convertido en una prostituta en su vida, pues venía de vez en cuando a echar un polvo y luego se iba. Era complicado mantener la fe todos los días. Mantenerse motivado.

Sin embargo, siempre había una buena excusa para escribir. Para plasmar con palabras el cúmulo asfixiante de sensaciones que diariamente Laura reprimía. Laura lloraba cuando estaba sola, pero delante de la gente intentaba siempre parecer de hierro. Laura tenía miedo a nunca poder ser feliz, tenía miedo a vivir una vida sin lograrlo. Y aunque ella no se lo decía a nadie, cada noche lo escribía.

Cada noche cada inquietud de Laura se convertía en poesía.

Soraya Andreina Pérez

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